El triunfo del arte – Columna de Eduardo Escobar – Columnistas – Opinión

2 semanas ago noticiasarauca 0


Napoleón fue el más aclamado de los contemporáneos de Beethoven. Hegel vio en él el espíritu de la historia montando un caballo. Y el propio Beethoven lo consideró digno del homenaje de la ‘Tercera sinfonía’, que le dedicó entusiasmado por las ideas de la Revolución francesa que representaba. Aunque después borró el envío cuando se convirtió en emperador por cadenas de intrigas e infamias. Entonces dijo: eras un bribón como los demás.

Los reyezuelos que derribó Napoleón poco a poco se desvanecen en las neblinas del mito. Y él también es ya un espectro inasible: para unos, un arribista sanguinario y ridículo; para otros, el fundador de unas nuevas formas políticas que cambiaron la sociedad. Hegel, por su parte, que sustentó con su idea de la historia las fantasías del marxismo, es casi ilegible ahora más que como un delirio de la lógica. Beethoven, en cambio, permanece en el horizonte de las cosas, irradiando. El músico santo lo llaman los chinos del siglo XXI, hoy cuando los comunistas levantaron la prohibición de los pianos y dejaron de considerarlo un figurón de la burguesía. Es cómico. A esta hora, en algún lugar del planeta, ejecutan una obra suya, mientras Mao es apenas una momia entre flores decorando el Pekín de los turistas. Y la serenísima ‘Cavatina’ de su ‘Opus 130’ vuela en un Voyager entre las galaxias en busca de El Otro, que quizás aguarda en un planeta tan remoto como el origen de la luz.

Este año celebra el misterio del arte que nos deja gozar de su compañía a 250 años de nacido. Es inútil medir su estatura junto a Bach o Mozart, pues es imposible comparar las grandes singularidades. Lo cierto es que después de Beethoven se escribieron sonatas, conciertos y misas, y que nadie alcanzó después las cimas que conquistó. La misa solemne, la fantasía coral que presagia la apoteosis del último movimiento de su sinfonía mayor, sus grandes sonatas para piano consuelan y hasta justifican las miserias de la Tierra. Él sintió que su arte lo redimía. Y también nos redime a sus descendientes.

Los cuartetos deberían enorgullecernos en cuanto contamos con el lujo de ser sus congéneres. Los primeros aún cerca de Mozart y Haydn son los ensayos de unas arquitecturas por venir; los medios, los Rasomovski, ‘Las arpas’, exquisitas expresiones del género, conmovedores y profundos, deslumbran; pero los últimos, arrancados a las angustias del amor desairado, y a las dificultades de la soledad del sordo, realizan un milagro: la sublimación del enredo de la carne mortal en el oro de la gloria: más que música parecen metáforas de un enigma no declarado, entre la oración rendida y la violencia sagrada. El oyente solo puede agradecer tanta delicadeza en el estrépito brutal del mundo. Nunca se dejan agotar, pues encarnan el espíritu religioso del animal humano, las recónditas aspiraciones del alma. La música es tan sutil que es casi nada ya, manando de una fuente sombría, del sentido trágico de la existencia de un hombre atormentado que resiste.

Una vez, en tiempos del jipismo, en un viaje de LSD que fue la eucaristía del ágape entonces, me puse a oír su concierto para violín y me espantó. La breve serie de golpes de timbal de la apertura me condujo por un largo lamento bordado sobre la trama solemne de la orquesta a un éxtasis trágico. Más allá de la anécdota patética que narra, me abrumó en la embriaguez elesédica el arcano de la conciencia. Aluciné con el genio de la humanidad coronado por una grotesca cabeza de cucaracha, crucificado en un saber oscuro, a rastras y a ciegas. En medio del espectáculo de la mezquindad, las insensatas ansias de poder, la puerilidad de la codicia, la crueldad incesante de la matanza de la historia, supe entonces que la misteriosa naturaleza de las cosas permite albergar en este planeta al mismo tiempo la sórdida torpeza que vemos, y a Beethoven ofrendándonos su ternura viril cuando él apenas se soportaba con la ayuda precaria del alcohol.

EDUARDO ESCOBAR