La guerra perdida del coronel – Columna de Óscar Domínguez Giraldo – Columnistas – Opinión

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Esa noche, en el cabaré Le Chat Noir, de Estocolmo, “éramos tres los caballeros”, pero solo el coronel Nolasco Espinal Mejía había peleado en la guerra de Correa, un país situado a 15.000 kilómetros de nuestros egos.

Recordé al fallecido coronel leyendo en EL TIEMPO la crónica histórica de Leopoldo Villar sobre la presencia de cinco mil y pico de militares colombianos en ese pleito que cumplió 70 años. Nos juntó la entrega del Nobel a García Márquez. ¿Cómo no acompañarlo?

El coronel y yo estábamos felices porque en tierras escandinavas nos servía la ropa de nuestros fríos terruños, San Pedro de los Milagros y Montebello, Antioquia, que está cumpliendo 107 años de vida. Le poníamos la mano al metro que nos obedecía, y nos enamoramos a primera vista de la nieve.

Llegamos al cabaré con nuestro ‘sexapil’ latino sin estrenar en Europa, dispuestos a dejarnos seducir por alguna de las exóticas valkirias que hacían estriptís como si fuera otra obra de misericordia. Dejaban caer una prenda y nacía una galaxia en nuestra libido.

Concluida la empelotada, mi coronel, en un inglés parecido al del senador Uribe Vélez, les picó arrastre a ver si bajábamos bandera, sexualmente hablando. Regresamos vírgenes a casa. Si el coronel ganó la guerra de Corea, perdió la de Le Chat Noir.

Sin proponérselo, el rudo y diminuto combatiente del Batallón Colombia se convirtió por unos días en centro de atracción, acusado de espionaje por el entorno del Nobel.

Como a ninguno de los caballeros nos alcanzó la biografía para viajar invitados en calidad de mejores amigos de García Márquez, nos tocó volar arriando first class de Avianca y compartir habitación de hotel.

Esta circunstancia me permitió constatar que de espía que llegó del frío San Pedro, Nolasco Antonio no tenía un pelo. Finalmente fue absuelto de cargos. Espero haber contribuido con mi testimonio.

“Se le piantaba un lagrimón” al recordar que no alcanzó el generalato. Fue general de un sol, el que alumbra para todos.

Protestó porque no fue invitado al banquete que los reyes suecos ofrecieron en honor de los galardonados, pero lo que más lo indignó fue que nunca escuchó cantar el gallo en tierras de Olafo.

Descanse en paz el héroe de la guerra de Corea, en la que teníamos tantas velas como en el incendio de Roma en tiempos de Nerón.

Óscar Domínguez Giraldo