El desempleo y la vacuna – Columna de Enrique Santos Molano – Columnistas – Opinión

7 días ago noticiasarauca 0


En medio de la tragedia social y económica provocada por un mugre virus coronado, tuvimos en Bogotá una noticia magnífica. Nuestra carrera 7ª, alma y emblema de la ciudad, se salvó del TransMilenio (TM), y se conjuró un desastre que pudo haber sido peor que la misma pandemia.

A propósito del covid-19, y como “perro viejo late echado”, me atrevo a pensar (antes de que metan el pensamiento en cuarentena) que carece de lógica, y se sitúa en el terreno de lo inverosímil, que una civilización cuyos avances científicos han llegado tan lejos como crear una inteligencia artificial compleja y extraordinaria como la que hoy está operando con eficacia asombrosa más del sesenta por ciento de las actividades que antes realizaba la mano de obra humana; una civilización cuya tecnología la ha llevado a la Luna, y a crear estaciones espaciales, con telescopios cuyo ojo penetra y retrata objetos a los que llegar se tardaría miles de años en un vuelo a la velocidad de la luz; una civilización así de avanzada científicamente, ¿no puede controlar un virus, ni crear un medicamento o vacuna en un par de semanas, que ponga al bicho fuera de combate?

Pues, permítaseme decir que, con sus avances miríficos, una civilización que no puede rápidamente proteger de un simple virus (al que han debido encontrarle remedio desde su aparición o primer brote hace veinte años) a sus ciudadanos, si no es encerrándolos y tapándoles la boca, es una civilización fallida y agonizante. El manejo que se ha dado a la seudopandemia del “nuevo” coronavirus, invita a pensar con Shakespeare, que “algo hay podrido en Dinamarca” (Hamlet).

Y a propósito de la buena noticia sobre el no al TM por la séptima, nos dice la alcaldesa Claudia López que se revive el proyecto del ‘corredor verde’ para iniciarlo, probablemente, en el 2022. Eso está bien. Es imperioso analizar y estudiar con cuidado exquisito qué habrá de ser la carrera séptima en el siglo XXI. Se trata de una vía madre, en la cual, lo que se haga repercute inevitablemente en el resto de la ciudad.

Sin embargo, la séptima es paciente y da la espera que sea necesaria para atender antes el problema más urgente que enfrenta la capital (y el país), y cuya solución no admite demoras: el desempleo.

Los recursos disponibles deben priorizarse para generar empleo hasta darle ocupación al ciento por ciento de la mano de obra desocupada. Para alcanzar tal propósito las pymes brindan el medio más efectivo. Hasta hace un mes la cifra de desempleo alcanzaba los ocho millones de colombianos. Es posible que hoy esté en nueve millones o algo más. El cuarenta y cinco por ciento de ese guarismo perturbador corresponde a Bogotá. Los pocos hogares que aún tienen ingresos de trabajo, y que hacen esfuerzos inauditos para cubrir sus obligaciones, están llegando a un grado de endeudamiento asustador y muchos se acercan a la insolvencia. No creo que sea momento de pensar en los problemas de movilidad en una ciudad donde lo único que se mueve es el hambre, la desesperación y la frustración. Dos millones de pymes, con un promedio de siete trabajadores por pyme, permitirían atajar por completo el problema del desempleo.

Es indispensable orientar hacia las pymes existentes, y la creación de miles y miles más, todo el esfuerzo económico nacional y, por supuesto, el de Bogotá. Lo demás, en la situación calamitosa que nos apabulla, es baladí y no revertirá la catástrofe que ha comenzado. El IVA del 19 % es un factor de corrupción empedernida. Hay que reducirlo “a sus justas proporciones”. No puede ser más alto del cuatro por ciento, y es forzoso declarar libres de impuestos a las pymes por un período no menor de cinco años. “A grandes males, grandes remedios”.

Vuelvo a las vacunas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo viral un video de la doctora Stella Inmanuel (‘Trump echa para atrás giro que dio sobre la pandemia’ EL TIEMPO, 30/7/2020) en el que ella expone, con los respectivos testimonios, cómo curó e inmunizó del coronavirus “a trescientos cincuenta pacientes (diabéticos, ancianos, etc.) y que ninguno de ellos ha muerto. La doctora Inmanuel les aplicó un tratamiento con hidroxicloroquina. Uno de esos pacientes, que está vivito y coleando, batallando por su reelección y casando pleitos con China, e inmune al virus, es el propio Donald Trump. La médica afirma que “no hay que usar tapabocas, ni cerrar las escuelas, ni declarar el aislamiento social, ni el confinamiento colectivo y obligatorio, que no solo es innecesario, sino gravemente perjudicial para la salud humana”. Agrega que la hidroxicloroquina previene o cura el coronavirus en forma absoluta”.

El presidente Trump, por experiencia, recomienda el medicamento de la doctora Inmanuel. Yo sé que el presidente Trump nos cae gordo, pero ese no es un motivo para estar en desacuerdo con él en esta ocasión. Por el contrario. La hidroxicloroquina – que el Ministerio de Salud ha dicho que no es probada su efectividad – es un compuesto con base en la quina, un remedio milagroso rescatado a finales del siglo XVIII por el doctor José Celestino Mutis. En aquella época la quina había caído en desprestigio. Muchos pacientes tratados con esa planta empeoraron o fallecieron. En su ensayo portentoso sobre los efectos de la planta oficinal (‘El arcano de la quina’, Santafé de Bogotá, 1793) Mutis explicó que la quina se compone de tres especies: la blanca, la amarilla y la naranja. Las dos primeras podían ser mortales si se utilizaban en enfermedades incompatibles con su uso, cuando se requiere un estudio previo de las condiciones del paciente y un examen preliminar de la quina que se le habría de aplicar. Mientras que (el gran descubrimiento de Mutis) la quina naranja es de aplicación universal, es decir, que puede utilizarse sin riesgo en cualquier paciente y contra cualquier enfermedad.

Ocurre hoy algo parecido con la hidroxicloroquina. Algunos pacientes a los que se aplicó en Argentina, España y otros países murieron, y se hizo el escándalo consiguiente para desprestigiar el medicamento. Es seguro que en esas aplicaciones mortales no utilizaron la quina naranja especificada por la doctora Inmanuel, sino que usaron quina indiscriminadamente, práctica muy peligrosa, desde luego; pero el tratamiento con quina naranja cura a cualquier paciente y es tan milagroso hoy como lo fue en la época de su descubrimiento por el doctor Mutis y durante el siglo siguiente, hasta que aparecieron los laboratorios con sus medicamentos químicos y su ansia de enriquecimiento, y multiplicaron las enfermedades por sus efectos secundarios.

La hidroxicloroquina (que además contiene zinc y zitromax, es la cura infalible contra los viejos y los nuevos coronavirus, que los grandes sabios de nuestros días no han podido encontrar. Lo único que se requiere es saberla usar adecuadamente con su receta original, así no simpaticemos con el presidente Trump.

Enrique Santos Molano