Terremotos en el cielo – Columna de Adolfo Zableh Durán – Columnistas – Opinión

7 días ago noticiasarauca 0


El día que anunciaron que la cuarentena se extendería hasta el 30 de agosto pasé la peor noche de mi vida. Cuando llevas cuatro meses encerrado y te dan una noticia como esa empiezas a pensar en los enfermos y en la vacuna, en el país y la economía; luego piensas en ti mismo, y las preocupaciones naturales terminan convirtiéndose en miedos irracionales. Te dicen 30 de agosto, y crees que de esta no sales, como si la fecha no estuviera a un mes sino a una galaxia de distancia.

Esa noche tenía sueño, pero no lograba dormir no solo por la noticia de la cuarentena, sino porque había almorzado con mucho ajo, y esa es una de las cosas que debo cambiar: no puedo seguir comiendo como lo hacía a los veinte. Y no es que me la pase envenenándome con alimentos malsanos, yo como frutas y verduras, tomo agua y no atraco la nevera a mitad de la noche; sufro, más bien, de antojos puntuales a los que me entrego después de sentir que he sido juicioso. De tanto cuidarme, llega un momento en que el que me da por atragantarme con dosis generosas de grasa, sal y azúcar, licencias que me doy y no me hacen bien.

Entre el malestar y la ansiedad empecé a oír ruidos en la sala. Todas las casas tienen sus sonidos, yo conozco los de la mía, pero estos no solo eran diferentes, sino más frecuentes. También empecé a oír ruidos que venían de la calle. Llovía y venteaba, pero no era eso, más bien sonaba como si afuera hubiera ovnis. Días antes había leído que se trataba de un fenómeno natural llamado cielomoto, una especie de terremotos celestes que se producen por el choque de corrientes de aire frías y calientes y que dan como resultado explosiones y temblores que hacen vibrar las ventanas de las casas. Se siente como trompetas en el firmamento, muy apocalíptico todo, apenas a la medida de los tiempos que vivimos.

Mientras afuera esto pasaba, yo en mi cama sentía que me ahogaba. Últimamente me falta el aire, y no es coronavirus. Me ahogo yendo del cuarto al baño, poniéndome la ropa, e incluso sentado en el sofá mientras veo televisión y tecleo en el computador. Y no siento solo que me faltara el aire, sino como la muerte misma, como si la fuerza vital que hace que los órganos vitales sigan activos estuviera abandonando mi cuerpo. Nuevamente, son miedos irracionales, pero no por eso dejan de ser angustiantes.

Con fantasmas en la sala, extraterrestres en la calle y ahogándome, entré en pánico y me levanté. Salí a la sala, abrí la puerta del balcón y me asomé, dispuesto a aceptar mi destino, prefería enfrentar a los espantos y a los aliens antes que a mi muerte por sofoco. Llegada la hora, la celebrada idea de agonizar tranquilo en la cama a mitad de la noche no me pareció tan placentera.

Nos estamos quebrando y cada vez nos importa menos demostrar que somos frágiles. Para aquellos que siempre nos creímos autosuficientes, esta pandemia ha sido una bella manera de demostrarnos que una cosa es lidiar con los problemas diarios de la vida y salir airoso en varios de ellos y otra, enfrentar de manera prolongada una situación inesperada. Estos días también han servido para entender que a todos nos llega el momento de empezar a hablar como si nos estuviéramos yendo, y no es que vayamos a morir ya, podrían faltar años, incluso décadas, pero igual el tono es de despedida.

Cuando sientes que no lo vas a lograr, que no vas a llegar a donde querías, empiezas a marcharte de este mundo. Sigues entre los vivos, pero con las armas depuestas porque luchar ya no vale la pena y lo único que queda dejarse ir hasta el final del camino, final que no tenemos el privilegio de escoger. Cuando pasas a formar parte de ese ejército, lo primero que te preguntas es cuántos más estarán en las mismas y de dónde sacarán la fuerza para cargar con esa cruz.

Adolfo Zableh Durán